13 de agosto de 2025
Esta semana, la Iglesia celebra una de las verdades más hermosas de nuestra fe: la Asunción de la Santísima Virgen María. Creemos, y la Iglesia lo ha proclamado solemnemente, que al final de su vida terrena, María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo.
Esto no es sólo un pensamiento reconfortante; es un dogma de nuestra fe católica. El Papa Pío XII lo proclamó oficialmente el 1 de noviembre de 1950, en la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus. Escribió: "La Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, habiendo completado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial".
El momento no fue casual. El mundo acababa de soportar décadas de sufrimiento inimaginable, incluidas dos guerras mundiales, el Holocausto y las bombas atómicas. La humanidad estaba cansada y buscaba la esperanza. Al proclamar la Asunción, el Papa Pío XII elevó nuestra mirada hacia el cielo, recordándonos que las promesas de Dios son dignas de confianza y que nuestro destino final no es la desesperación, sino la gloria.
Setenta y cinco años después, el mundo sigue inquieto. La guerra, la división, la violencia y la incertidumbre llenan nuestros titulares. Seguimos necesitando esperanza, y la Asunción nos la sigue dando. La vida de María nos recuerda que la fidelidad, la humildad y la confianza en Dios conducen a la vida eterna. Su Asunción nos recuerda que el cielo es nuestro verdadero hogar, que nuestros cuerpos participan de nuestra salvación y que el amor es más fuerte que la muerte.
En este Año Jubilar de la Esperanza, la Asunción de María es un signo luminoso de lo que Dios quiere para cada uno de nosotros. Ella no es sólo la Reina del Cielo; es nuestra Madre, que intercede por nosotros, nos señala siempre a su Hijo y nos anima a perseverar.
Esta semana, dirijámonos a María con confianza: "María, Reina asunta al cielo, ruega por nosotros, para que tengamos los ojos fijos en Jesús y compartamos un día la gloria que ahora contemplas".
