16 de septiembre de 2025
La Iglesia siempre ha considerado a María no sólo como la Madre de Jesús, sino también como una madre que camina con sus hijos tanto en la alegría como en el dolor. Entre sus muchos títulos, uno de los más conmovedores es el de "Nuestra Señora de los Dolores". Bajo este título, se invita a los fieles a contemplar los sufrimientos que padeció a lo largo de su vida, sufrimientos que alcanzaron su profundidad cuando estuvo al pie de la Cruz. Rezar con Ella en esos momentos es aprender a confiar, a perseverar y a amar incluso cuando el corazón está traspasado. Por esta razón, todo el mes de septiembre se reserva en su honor, un tiempo para reflexionar sobre sus dolores con especial devoción y gratitud.
El devocionario de los Siete Dolores nos adentra en siete acontecimientos de la vida de María que revelan el misterio de su corazón. Primero fue la profecía de Simeón en el Templo, cuando oyó que una espada atravesaría su alma. Luego vino la huida a Egipto, cuando ella y José huyeron para proteger al niño Jesús de la violencia de Herodes. Conoció la angustiosa búsqueda de su Hijo cuando estuvo perdido en el Templo durante tres días. Camino del Calvario, lo encontró cara a cara, herido y cargado con la Cruz. Permaneció bajo la Cruz mientras Él sufría y moría, recibiendo Su cuerpo en sus brazos antes de verlo depositado en el sepulcro. Cada dolor fue una herida, pero cada dolor fue también un momento de gracia. En verdad, María sufrió muchos más dolores a lo largo de su vida; sin embargo, estos siete son los que la Iglesia nos ha llamado a contemplar con particular reverencia y devoción, porque nos adentran profundamente en el misterio de la Pasión de Cristo y en el corazón de su Madre.
Esta devoción tiene profundas raíces en la historia de la Iglesia. La Orden Servita, fundada en el siglo XIII, tomó los dolores de María como parte central de su vida espiritual, viendo en su ejemplo una guía para todos los que sufren. A lo largo de los siglos, los Papas animaron a los fieles a asumir esta devoción, especialmente en tiempos de prueba. El Papa Pío VII, que sufrió el exilio como prisionero de Napoleón, encontró consuelo en la Virgen de los Dolores y promovió su coronilla como fuente de fortaleza.
La Coronilla de Nuestra Señora de los Dolores es una hermosa manera de rezar estos misterios. Al igual que el rosario, se reza con cuentas: siete grupos de siete Avemarías, cada una de las cuales evoca uno de los dolores. Este ritmo de oración permite a los fieles ponerse al lado de María, compartiendo su compasión y pidiéndole que interceda en los momentos de necesidad. Ha consolado a innumerables cristianos a lo largo de los siglos, especialmente a los que se sienten agobiados por el dolor o la incertidumbre.
En tiempos modernos, la Virgen misma renovó esta devoción en Ruanda. En Kibeho, en los años 80, se apareció a jóvenes videntes con una llamada urgente: rezar la Coronilla de los Dolores. Advirtió que el mundo necesitaba arrepentimiento, conversión y reconciliación. Instó a la gente a alejarse del pecado, a rezar de corazón y a encontrar la paz en Cristo. Su mensaje resultó profético cuando pocos años después se produjo el genocidio de Ruanda. Incluso ahora, su voz llama al mundo a la oración, a la conversión y a la paz.
Este mensaje sigue siendo urgente hoy. La división y la violencia desgarran el tejido de nuestro propio país y se extienden por todo el mundo. Familias, comunidades y naciones sufren las heridas del odio, el conflicto y la indiferencia. María muestra un camino diferente. Estar junto a la Cruz, como hizo ella, no es renunciar a la esperanza, sino aferrarse a ella con más fuerza. Ella nos muestra que el amor de Dios puede traer vida de la muerte, esperanza de la desesperación, paz del conflicto. Cuando rezamos con sus dolores, descubrimos que nuestro propio sufrimiento no carece de sentido, sino que es un lugar donde Dios puede obrar su gracia.
Nuestra Señora de los Dolores es también Nuestra Señora de la Consolación. Ella conoce el dolor de una madre en duelo, el miedo de huir del peligro, la angustia de ver sufrir a un ser querido. Porque ha recorrido ese camino, camina con todos los que llevan cargas pesadas. Ella revela que toda cruz, cuando se lleva con amor, conduce a una vida nueva.
