27 de marzo de 2026

La Semana Santa es la semana que cambió el mundo. Al adentrarnos en esta semana, la más importante del año, les invitamos a reflexionar sobre su poderoso significado y sobre cómo nos conduce al corazón de nuestra fe. En estos días sagrados, la Iglesia no se limita a recordar acontecimientos pasados, sino que nos invita a adentrarnos en los misterios salvíficos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Es el tiempo más santo del año, en el que caminamos junto al Señor y contemplamos el amor inconmensurable con el que redimió al mundo.

El Domingo de Ramos comienza con una alegre procesión de palmas y la lectura solemne de la Pasión. Volvemos nuestros corazones hacia Jerusalén y nos unimos a la multitud que grita: "¡Hosanna!". Cristo entró en la Ciudad Santa para sufrir, morir y resucitar, para que nosotros pudiéramos salvarnos. Este día nos recuerda que debemos seguirle fielmente hasta la nueva y eterna Jerusalén: El Cielo. También nos recuerda lo rápido que pueden cambiar los corazones humanos, y nos llama a permanecer firmes en nuestro amor a Cristo, no sólo en los momentos de alegría y alabanza, sino también en los de prueba y sufrimiento.

El martes, el obispo Brennan celebra la Misa Crismal. Se bendicen los óleos utilizados en los sacramentos y los sacerdotes de toda la diócesis renuevan sus promesas. Esta hermosa liturgia nos recuerda nuestra propia unción bautismal y el ministerio sacerdotal que Cristo continúa a través de su Iglesia. Es un poderoso signo de la unidad de la familia diocesana reunida en torno a su obispo, y de la gracia del Espíritu Santo que sigue actuando en la vida de la Iglesia.

El Jueves Santo marca el final de la Cuaresma y el comienzo del Triduo Pascual. Nos reunimos para recordar el don del sacerdocio y la institución de la Sagrada Eucaristía. Con el lavatorio de los pies, recordamos el mandato de Cristo de amar como Él nos ha amado. Después de la Misa, velamos con Jesús en el altar del reposo, acompañándole en su agonía en el huerto. En esta noche, nos adentramos en el misterio de un amor que se humilla por completo y se entrega sin reservas.

El Viernes Santo es el día en que fijamos nuestra mirada en la Cruz. En silencio y solemnidad, veneramos el madero del que pendió nuestra salvación. Mediante la lectura de la Pasión y la recepción de la Sagrada Comunión, unimos nuestros sufrimientos a los de Cristo y morimos al pecado con Él. Aunque es un día marcado por el dolor, también está lleno de esperanza, pues la Cruz revela la profundidad de la misericordia de Dios y el precio de nuestra redención. Aquí vemos que el amor es más fuerte que el pecado, y que ni siquiera la muerte es el fin.

La Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección son el corazón del año cristiano. En la Vigilia, la "Madre de todas las Vigilias", nos regocijamos en la luz de Cristo, escuchamos la historia de nuestra salvación, acogemos a nuevos miembros en la Iglesia mediante el Bautismo y celebramos la Resurrección. En la mañana de Pascua, nos hacemos eco de la alegría de la tumba vacía: ¡El Señor ha resucitado! ¡Ha resucitado! ¡Aleluya! En la Resurrección, todo es nuevo. El pecado ha sido vencido, la muerte ha sido destruida y se ha restablecido la esperanza. La Semana Santa nos conduce por fin al triunfo de la Pascua, donde la Iglesia proclama con alegría que Cristo está vivo y, porque Él vive, también nosotros podemos tener vida en su nombre.